JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico »—Es cierto; pero la señora acostumbra a hacerse ella misma el chocolate, y esta mañana, cuando ya hervÃa, se le cayó sobre un pie, y se le abrasó todo. A los gritos que daba acudà y la hallé casi sin sentido. La llevé a su cama y ahora creo que duerme.
»Palidecà hasta ponerme del color de tu encaje, condesa, y grité:
»—¡Eso es mentira!
»—Mi querido M. Du Barry —prorrumpió con triste y doliente voz la condesa—, no es mentira, ¡ay!, sufro horriblemente.
»Corro hacia el lugar de donde salÃa la voz abriendo una vidriera que estaba muy bien cerrada, y me veo a la vieja que estaba en efecto metida en su cama.
»—¡Ay, señora…! —exclamé.
»No pude hablar más: estaba desesperado, y la hubiera ahogado.
»—Ahà está, señor vizconde —me dijo señalando unos pedazos de porcelana que habÃa en el suelo—, ahà tenéis la cafetera que ha ocasionado todo el daño».
«—¿Esta? —pregunté, saltando sobre ella a pies juntillas—, por vida de… que no has de hacer más chocolate.