JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Asà me lo parece, condesa; sin duda pretenderá pagarnos con la misma moneda.
—¿Pero qué ha sucedido?
—Lo siguiente en dos palabras: Quédeme en ParÃs porque dudé siempre, y ya ves que con fundamento. Dieron las nueve y me puse en acecho frente a la posada sin notar el menor movimiento ni la menor visita capaz de alarmarme; asà creà poder dormir. Me fui y me acosté.
»Al rayar el dÃa, despierto: llamo a Patricio, y le ordeno que vaya a ponerse de centinela en la esquina.
»A las nueve (una hora antes de la designada) fui allá en coche: nada habÃa observado Patricio que le llamara la atención; subo, pues, la escalera bastante confiado. En la puerta me detiene una criada y me dice que la condesa no puede salir hoy, y tal vez ni en una semana.
»Confieso que iba prevenido para cualquier desgracia, menos para esta.
»—¿Cómo que no sale? —exclamé—; ¿pues qué le ocurre?
»—Está enferma.
»—¿Enferma? ¡No es posible! ¡Si ayer estaba tan buena!