JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Escucha, para que te sirva de gobierno, lo que me ha dicho nuestro procurador a quien acabo de consultar. Pegar a una persona en su domicilio, se castiga con multa y cárcel. Pegarle fuera…
—Con nada; mejor lo sabes tú que nadie.
Hizo un gesto el vizconde que parecÃa una sonrisa.
—¡Ay!, las deudas que se pagan tarde, aumentan mucho en intereses; si algún dÃa tropiezo con ese hombre…
—No dejemos ahora a esa mujer, vizconde.
—Nada más tengo que decirte; adiós y márchate.
Separóse Juan para que pasase el coche.
—¿Dónde me esperas?
—En la misma posada: pediré una botella de vino, y si necesitas auxilio, subiré.
—Anda, cochero —agregó la condesa.
—Calle San Germain-des-Prés, posada del Gallo Cantante —añadió el vizconde.
El coche partió con rapidez, cruzando los Campos ElÃseos.
Después de un cuarto de hora detenÃase junto a la calle Abbatiales, y el mercado de Santa Margarita.