JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico La favorita apeóse temerosa de que el ruido del carruaje pusiese sobre aviso a la astuta vieja, que sin duda acecharÃa, y pudiese, ocultándose tras alguna cortina, conocer a quien la visitaba, con tiempo bastante para no verse precisada a recibirla.
Resultado; que la condesa entró sola con una lacayo que la seguÃa en la estrecha calle Abbatiales, que sólo tenÃa tres casas. En la de en medio estaba la posada.
Madame Du Barry entró en aquel portal, que más bien parecÃa la boca de una cueva.
No la vio entrar nadie; pero tropezó con la posadera al llegar al pie de la escalera.
—¿Madame de Béarn? —preguntó la favorita.
—Está muy enferma y no puede recibir.
—¡Qué está enferma! —repitió la condesa—; precisamente me trae el deseo de averiguar el estado de su salud.
Y rápida como un pájaro subió la escalera en menos de un segundo.
—Señora, señora —gritó la posadera—, que van a forzar vuestra puerta.
—¿Quién? —preguntó la pleitista desde el interior de su aposento.