JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Yo —respondió la favorita presentándose de repente en el umbral, con una fisonomÃa completamente adecuada a las circunstancias, pues expresaba la sonrisa de polÃtica, juntamente con la contracción propia del sentimiento.
—¡Vos aquÃ, señora! —exclamó la condesa, pálida de espanto.
—SÃ, amiga mÃa, vengo a significaros lo mucho que he sentido vuestro accidente, del cual me han informado ahora mismo. ¿Cómo ha sucedido? ReferÃdmelo.
—¡Ay!, ni aun me atrevo a ofreceros un asiento en este cuchitril.
—Sé que tenéis un castillo en Turena, y me hago cargo de lo que es hospedarse en una posada.
Sentóse la favorita, y la vieja conoció que no era para poco tiempo.
—¿Os molesta mucho? —preguntó madame Du Barry.
—Horriblemente.
—¿Y es la pierna derecha? ¡Válgame Dios! ¿De qué modo os habéis quemado?
—Del modo más sencillo: tenÃa cogida la cafetera, se me resbaló el mango de la mano, y un cuartillo de agua que contenÃa cayó hirviendo sobré mi pie.
—¡Qué dolor…!
—¡Ay, sÃ! ¡Pero cómo ha de ser! Siempre vienen juntas las desgracias.