JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Sería inútil repetir que este extraño vehículo excitaba la misma curiosidad que en el pueblo donde había parado primero, tanto más cuanto que aproximándose la noche, la oscuridad lo hacía fantástico.

A corta distancia de este último punto en donde se detenía, comienza la montaña; allí fue necesario que los viajeros se contentasen con ir al paso; pues para caminar un cuarto de legua, se precisa el espacio de media hora.

Se detuvieron los postillones sobre la cima de la montaña para que los caballos descansasen y los viajeros pudieran contemplar un extenso horizonte que oscurece con lentitud las brumas precursoras de la noche.

El calor era insufrible y sofocante, porque el día había estado despejado y caluroso hasta las tres de la tarde. Una blanquecina y espesa nube que llegaba de la parte del Sur, seguía al carruaje, al parecer con premeditación, y amenazaba alcanzarle antes del sitio en donde los postillones se habían propuesto detenerse a toda costa para pasar la noche.

La montaña estrechaba por un lado el camino, y del otro por una pendiente escarpada, descendiendo hacia un valle, en cuyo fondo serpentaba el Meuse, y presentaba en el espacio de media legua un declive tan rápido, que no podía bajarse sin peligro más que al paso. Esta fue la marcha prudente que adoptaron los postillones cuando llegaron a él.


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