JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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El postillón de la parada anterior recibió en el primer pueblo además del valor de su posta, doble propina de una mano blanca y muscular que se había deslizado por entre las cortinas de cuero que cerraban la parte anterior del extraño vehículo, tan herméticamente casi, como las de muselina cerraban la parte anterior del cajón.

El postillón, asombrado al ver tal generosidad, dijo quitándose el sombrero con servil prontitud:

—Gracias, señor.

Y una voz sonora le contestó en alemán, lengua que todavía se entiende, aun cuando ya no se hable, en los alrededores de Nancy:

—¡Schnell! ¡Schneller!

O lo que es lo mismo: ¡de prisa, más de prisa!

Los postillones entienden todas las lenguas cuando cierta música metálica acompaña a frases que se les dirigen, pues ningún viajero debe ignorar que son con especialidad golosos; y así es que al punto hicieron todo cuanto pudieron por salir a galope, no logrando a pesar de sus esfuerzos, más que un trote bastante regular, con el cual podían caminarse dos leguas y media o tres por hora.

Debía variarse el tiro a las siete, en Saint Michel. La misma mano pagaba al través de las cortinas el precio de la posta anterior, y la misma voz hacía igual encargo.


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