JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico La caja posterior, que en apariencia era la parte más importante de aquel extraño faetón, tendrÃa unos ocho pies de largo, y como seis de ancho, no percibiendo más luz que la que se introducÃa por aquellas ventanas, ni más aire que el que penetraba por un postiguillo guarnecido de vidrios, que daba al imperial. Se completaban las muchas singularidades que aquel extraño cofre ofrecÃa a la vista de los transeúntes, con un enorme cañón de chimenea que se elevaba un pie poco más o menos por encima del carro, y arrojaba un humo azulado que emblanquecÃa los aires a manera de columna, dilatándose por el surco aéreo que trazaba su veloz carrera.
Rareza semejante hubiera tenido por resultado en nuestro siglo confundirla con alguna nueva invención, en la que combinase prudentemente el maquinista la fuerza del vapor con la de los caballos.
Hubiera parecido bastante probable, porque detrás del extraño carruaje seguÃa un caballo ensillado y atado con un ronzal mostrando con su bonita y bien cortada cabeza, delgadas piernas, pecho estrecho, espesa crin y ondulante cola, las señales caracterÃsticas de la raza árabe, e indicando que alguno de los misteriosos viajeros encerrados en aquella nueva arca de Noé, era aficionado a la cabalgata, galopando al lado del carruaje para cuyo tiro este alazán no podÃa ser destinado.