JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —SÃ; pero lo que resolvieron los peritos, y exactamente las tasaba yo en el doble que ellos.
—Muy bien, os las pagarán segunda vez. ¿Queda algo?
—SÃ, señora. Como podéis considerar, estoy ahora bastante atrasada, y tengo con M. Flageot una cuentecilla pendiente, que asciende a nueve mil libras.
—¡Nueve mil libras!
—¡Oh!, ¡esto es preciso! M. Flageot es un excelente consejero.
—Ya lo creo —dijo la favorita—. Bien, se pagará esa deuda de mi propio peculio. Ya habéis visto que he sido en extremo complaciente.
—¡Ah!, sois bastante bondadosa: por mi parte se me figura haberos demostrado también mi buen deseo.
—¡Oh! ¡Si supierais cuánto siento esa quemadura! —dijo madame Du Barry.
—Pues yo no, porque a pesar de ello, espero que mi afecto me dará fuerzas para serviros como si nada hubiese ocurrido.
—Concretemos el asunto —dijo la favorita.
—Poco a poco.
—¿No os olvidáis de nada?
—Un detalle.
—Veamos.