JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Cáspita! —exclamó Juan haciendo un horrible gesto.
—¿Qué quieres, hijo? Se aprovecha de la ocasión.
—¡Eso clama al cielo!
—Y hemos de estar calladitos, porque podrÃa ocurrir, si se nos escapa una palabra, que nos quedáramos sin madrina o nos costase el doble.
—¡Voto a brÃos!, ¡qué mujer!
—Es una romana.
—Di mejor una griega.
—Sea lo que quiera, prepárate para ir por ella a las tres y conducirla a Luciennes. Estaré intranquila hasta tenerla bajo llave.
—De aquà no me muevo —dijo Juan.
—Voy a disponerlo todo —repuso la favorita. Y subiendo a su coche, gritó—: A Luciennes, y mañana a Marly.
—Por mi fe —murmuró Juan siguiendo con su vista al carruaje—, que somos muy costosos a la Francia… pero esto honra a los Du Barry.