JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —No temáis nada, os he dado mi palabra, y aun cuando me hubiese de costar la vida, me hallaré mañana en Versalles.
—Hasta la vista, querida madrina.
—Hasta más ver, adorable ahijada.
Separáronse, y la condesa continuó acostada con una pierna sobre los almohadones, una mano en sus papeles y la favorita, mucho más ligera que a su llegada, pero con el corazón algún tanto oprimido por haber sido más débil que una vieja; ella, que con tanta facilidad vencÃa siempre al rey de Francia.
Cuando pasó por la puerta del salón vio a Juan que, para no ser sospechoso por su tardanza, acababa de atacar la segunda botella.
En cuanto vio a su cuñada, saltó de su silla y corrió hacia ella.
—¿Qué hay? —preguntó.
—Acuérdate de cuando el mariscal de Sajonia dijo al rey mostrándole el campamento de Fontenoy: «Señor, por este espectáculo conoceréis cuan cara y dolorosa es una victoria».
—¿Pero vencimos? —preguntó Juan.
—Oye otra sentencia de los antiguos: «Otra victoria como esta, y quedamos arruinados».
—¿Pero tenemos madrina?
—¡Ya lo creo!, pero nos cuesta cerca de un millón.