JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Enseguida escribió una esquela a los señores Boemer y Bossange, joyeros de la real casa, manifestando que entregasen al portador el aderezo de diamantes y esmeraldas llamado Luisa, porque procedÃa de la princesa, tÃa del joven Luis-Augusto, prÃncipe heredero, que lo habÃa enajenado para sus limosnas.
Concluida esta operación, madrina y ahijada se entregaron recÃprocamente sus papeles.
—Perfectamente —dijo la favorita—, ahora dadme una prueba de vuestra amistad, querida condesa.
—Con todo mi corazón, señora.
—Estoy convencida de que no hallaréis obstáculos en instalaros en mi casa. Tronchin os curará en menos de tres dÃas. Venid, y al mismo tiempo probaréis mi aceite, que es prodigioso.
—Señora, perdonad —dijo la prudente vieja—, aún tengo que despachar aquà varios asuntos.
—¿Me desairáis?
—Al contrario, señora, acepto vuestra oferta, pero no en este momento. La una acaba de dar en la AbadÃa; concededme hasta las tres, y a las cinco en punto me encontraré en Luciennes.
—¿PermitÃs que a las tres venga a buscaros mi hermano en su coche?
—Con mucho gusto.
—Bien, que os cuidéis hasta entonces.