JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Esa pluma está mala, condesa —dijo la favorita—, tomad otra.
—No es necesario, señora, ya se acostumbrará.
—¿Lo creéis?
—SÃ.
Madame Du Barry continuó:
»Me da aliento a rogar a Vuestra Majestad que se sirva mirarme con ojos propicios, cuando mañana me presente en Versalles, pues os dignáis consentirlo. Me atrevo a esperar, señor, que Vuestra Majestad me honrará con una buena acogida, perteneciendo a una familia cuyos jefes han derramado su sangre en servicio de los prÃncipes de vuestra augusta estirpe.
—Firmad ahora. La condesa firmó:
»Anastasia-Eugenia-Rodolfina, Condesa de Béarn».
Con pulso sereno escribió la vieja; los caracteres tenÃan tamaño de media pulgada, e iban adornadas sus palabras de una numerosa cantidad de faltas de ortografÃa.
Luego que hubo firmado apretó con una mano su carta, y con la otra presentó tintero, papel y pluma a la condesa Du Barry, quien en renglones derechos y rasgueados redactó una obligación de veintiún mil francos; doce mil para indemnizar la pérdida de las viñas, y nueve mil para pagar los honorarios del licenciado Flageot.