JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —No por cierto: tengo muchÃsimo gusto en narrar mi historia hasta el final. Como no tenÃa madrina, trató de buscarla. «Buscad y hallaréis», dice el Evangelio; y buscó con tanto afán, que logró encontrarla; ¡pero qué madrina! ¡Dios mÃo! Una buena mujer del campo, muy simple, muy cándida. La sacaron de su palomar, la mimaron, la obsequiaron y la adornaron.
—¡Qué escándalo! —exclamó madame de Guemenée.
—Pero de repente, cuando la pobre provinciana estaba tan mimada, regalada y lujosa, he aquà que baja rodando la escalera de su casa…
—¿Y qué? —interrogó M. de Choiseul.
—Una pierna se quebró.
—¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!, ¡ja! —dijo la duquesa, agregando un verso de circunstancias a los dos de la mariscala de Mirepoix.
—¿De modo —preguntó la de Guemenée—, que ya no habrá presentación?
—Ni sombra, querida.
—¡Oh Providencia! —exclamó el mariscal alzando las manos al cielo.
—Por mi parte —repuso madame Victoria—, compadezco mucho a esta pobre provinciana.
—Antes al contrario —dijo la duquesa—, debéis felicitarla, pues de dos males, ha elegido el menor.