JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Es claro: y la señora de quien se trata solicitó su presentación.
—Cualquier cosa apostaré a que le fue otorgada —dijo el duque—, ¡es tan bueno el rey!
—SÃ, pero desgraciadamente no basta el permiso de Su Majestad; es necesario además una persona que presente.
—Es verdad —repuso madame de Guemenée—; como si dijésemos, una madrina…
—SÃ, pero no todos la encuentran —añadió madame de Mirepoix—; testigo la bella Borbonesa, por ejemplo, que la busca y no la encuentra. Y se puso a cantar:
La hermosa Borbonesa
encuéntrase afligida…
—¡Vaya!, mariscala, mariscala —interrumpió Richelieu—, dejad todo el honor de su relación a la señora duquesa.
—SÃ; sÃ, continuad, duquesa —añadió madame Victoria—, no nos vayáis a dejar a media miel, después de habernos abierto el apetito.