JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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El corro fue estrechándose alrededor de la duquesa, quien lanzó una ojeada hacia la ventana para convencerse de que el rey continuaba allí. Efectivamente, estaba allí; pero aunque hablando con M. de Malesherbes, no perdía de vista el grupo, y su mirada se cruzó con la de madame de Grammont.

Dejó a esta muy intimidada la expresión que a su parecer leyó en los ojos del rey; pero había comenzado y no podía retroceder.

—Ya sabéis —continuó dirigiéndose principalmente a las tres princesas—, que una señora (importa poco el nombre, ¿no es verdad?), tuvo deseos de vernos a nosotras las elegidas del Señor, en el trono de nuestra gloria, cuyos rayos la matan de envidia.

—¡Vernos!, ¿dónde? —preguntó el duque.

—En Versalles… Marly… Fontainebleau…

—¡Vamos!, ¡vamos!

—La infeliz criatura no había conseguido ver nuestras reuniones, sino en los banquetes del rey a que son admitidos los papanatas tras las cortinas para ver comer a Su Majestad y sus invitados, desfilando por su puesto bajo la varita del ujier de servicio.

En esto Richelieu tomó un polvo que fue estrepitoso, de una caja de porcelana de Sèvres.

—Pero para contemplarnos en Versalles, en Marly o en Fontainebleau es indispensable ser presentado —repuso el duque.


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