JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Algo!; me ofendéis, decid mucho.
—¿Conque es cierto lo que yo decÃa?
—¿Cuándo?
—Ahora mismo.
—¿Qué decÃais?
—Que las puertas del rey no se violentan…
—¿Cómo cortinas de alcoba? Justamente, duquesa; ahora como siempre participo de vuestra opinión.
Algunos rostros se ocultaron tras los abanicos al oÃr esta contestación; pero produjo efecto, aunque los detractores de todo lo antiguo supusieran que la gracia del duque se habÃa ya agotado.
La de Grammont se sonrojó, pues a ella iba principalmente dirigido el epigrama.
—Señoras —continuó—, si por lo que se ve el duque sigue diciéndonos semejantes cosas, no terminaré mi historia, y a fe que perderéis mucho, como no pidáis al mariscal que os cuente otra.
—¡Interrumpiros yo —exclamó este—, cuando vais indudablemente a murmurar de algún amigo mÃo! ¡Dios me libre!; escucharé, por el contrario, con todo el oÃdo que me resta.