JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico El cielo se oscureció más y más, y el postiguillo del imperial se iluminó entonces con un vivo resplandor, permaneciendo alumbrado; lo cual denotaba que el morador de aquella celda ambulante, extraño sin duda a las ocurrencias exteriores, adoptaba sus precauciones contra la noche, para no ser interrumpido en sus importantes operaciones.
No empezaba a bajar la pendiente el carruaje que estaba en la explanada de la montaña, cuando un segundo trueno más violento y cargado de vibraciones metálicas que el primero, descargó el agua de las nubes, que principió a descender gota a gota, y luego tan espesa, continuada y rápida, como haces de flechas que se hubieran disparado del cielo.
Pararon los postillones los caballos y meditaron sobre el partido que habÃan de tomar.
—Y bien, ¿qué debemos hacer? —interrogó la misma voz que hablaba ahora en correcto francés.
—Dudábamos si continuar o no —contestaron los postillones.
—Creo que soy yo y no vosotros quien ha de resolverlo —contestó—, ¡andando!
HabÃa en aquella voz un acento de autoridad tan poderoso, que al momento obedecieron los postillones, y el carruaje empezó a bajar la cuesta de la montaña.