JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Está bien! —replicó, y las cortinas entreabiertas un momento se interpusieron de nuevo entre los viajeros y el avantrén del coche.
Empero el camino, que era gredoso y húmedo, empapado también por los torrentes de la lluvia, se hizo tan resbaladizo, que los caballos se resistÃan a continuar.
—Caballero —dijo el postillón que montaba el del tronco—, no podemos seguir adelante.
—¿Por qué? —preguntó la voz conocida.
—Porque los caballos ya no andan, sino patinan.
—¿Falta mucho para llegar a la primera parada?
—¡Ay!, caballero, faltan cuatro leguas.
—Está bien, pondrás a tus caballos herraduras de plata y volarán —dijo el extranjero abriendo las cortinas y dándole cuatro escudos.
—Mil gracias, caballero —dijo el postillón recibiéndolos en su desmesurada y tosca mano, y guardándolos en una de sus anchas botas.
—Creo que el amo te ha hablado —dijo el segundo postillón a su compañero, al oÃr aquel sonido metálico, deseando no ser excluido de una conversación que tomaba un giro tan interesante.
—Sà —repuso aquel—, dice… que prosigamos.