JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Y en este caso, ¿qué será de la corte, duquesa? —exclamó madame de Guemenée—. ¿A quién verá Su Majestad danesa cuando llegue a Versalles? ¿Quién saldrá a recibir a la princesa? Pero jamás se destierra a toda una corte; lo que se hace, es elegir algunas personas.
—Verdad: esa es la costumbre —dijo M. de Richelieu—, y aun podré agregar que siempre ha dado la casualidad de entrar yo en el número de los escogidos. Y lo fui por la cuarta vez, pues debo advertir, señoras, que esta es la quinta conspiración en que intervengo.
—Nada hay que temer, duque —dijo madame de Grammont—; la sacrificada seré yo.
—O M. de Choiseul —añadió el mariscal.
—A él le ocurrirá lo que a mÃ, perderá el favor de Su Majestad, pero no tolerará una afrenta.
—Ninguno de vosotros irá desterrado —dijo la mariscala de Mirepoix—. A mà sÃ, pues el rey no perdonará nunca que sea menos tolerante con la condesa, de lo que he sido con la marquesa.
—Cierto es —añadió el duque—. ¡Vos, conocida con el nombre de la favorita de la favorita! ¡Pobre mariscala! ¡Nos desterrarán juntos!
—Seremos todos desterrados —repuso levantándose madame de Guemenée—; porque confÃo en que ninguno desistirá de lo que se ha convenido.