JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Y de los juramentos que aquí hemos hecho —añadió M. de Richelieu.

—Tengo un plan —dijo la de Grammont—, de tomar con tiempo mis medidas por lo que pueda ocurrir.

—¿Vos? —interrogó con interés el duque.

—Sí; porque para ir mañana a las diez a Versalles, se precisan tres cosas.

—¿Cuáles?

—Un peluquero, un vestido y un coche.

—Seguramente.

—¿Y qué?

—Que la Borbonesa no estará a las diez en Versalles; se impacientará el rey, despedirá su corte, y como debe llegar muy pronto la princesa, la presentación se aplazará hasta las calendas griegas.

Estrepitosos aplausos acogieron este nuevo episodio de la conjuración, y a pesar de aplaudir con no menos entusiasmo que los demás concurrentes, M. de Choiseul y madame de Mirepoix cruzaron una mirada de inteligencia. Las once habían dado cuando los conjurados fueron retirándose por el camino de San Germán y Versalles, alumbrado por una hermosa luna, a excepción de M. de Richelieu que, montado en el caballo de su lacayo, se dirigía a París por un atajo, en tanto que su coche, con las persianas caídas, corría a más y mejor por la carretera de Versalles.


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