JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—¡Por Dios! ¿Cómo es posible que no venga enviado por el mismo que nos ha regalado el vestido?

—¿Yo? —exclamó Leonardo con natural sorpresa.

—¡Vamos!, ¡vamos! —dijo Juan—, vuestra gaceta es una invención, ¿eh, amigo?

—Es la verdad, señor vizconde.

—Ea, sed franco —añadió la condesa—. Señora, aquí tengo el papel en el bolsillo; lo he conservado para hacer papillotes.

El artista sacó una gaceta de su chupa: en ella se anunciaba la presentación.

—Ea, pues, manos a la obra —dijo Chon—, que están dando las ocho.

—Nos sobra tiempo —contestó el peluquero—; una hora es bastante para ir a Versalles.

—Eso es si tenemos carruaje —repuso la condesa.

—Es cierto, por vida de… —dijo Juan—, y ese canalla de Francian que no acaba de venir.

—¡Gran Dios! —exclamó la condesa—, ¡ni peluquero, ni vestido, ni coche!

—¡Ah…! —dijo Chon con profunda pena—. ¿Faltará también de ese modo a su compromiso?

—No —repuso Juan—, aquí está ya.

—¿Y el carruaje? —preguntó la favorita.


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