JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—A la puerta habrá quedado —contestó Du Barry—. Ya está abriendo el portero: ¿pero qué demonios trae el maestro de coches?

En efecto, Francian se lanzó casi al mismo tiempo en el salón con ademán azorado, diciendo:

—¡Ay, señor vizconde!, el coche estaba ya en camino, cuando al volver la calle Taversière, fue detenido por cuatro hombres, que después de arrojar al suelo al criado que lo conducía, huyeron a escape, por la calle de San Nicasio.

—Bien lo sospechaba yo —gritó Du Barry en tono de triunfo y sin levantarse de su sillón—, ¿no lo decía yo?

—¡Esto es una infamia! —gritó Chon—, menéate, hermano.

—¿Menearme yo?, ¿y para qué?

—Para que busques un carruaje, pues aquí no hay más que caballos escuálidos, y coches sucios. No es posible que Juana vaya a Versalles en semejantes simones.

—¡Vaya! —replicó el vizconde—, el que pone freno al furor de las olas, alimenta los pajarillos, envía un peluquero como el señor, y un vestido como este, no permitirá que vayamos a pie.

—¡Calla! —dijo Chon—, un coche se acerca.

—Y se para —añadió Du Barry.

—Sí; pero no entra —dijo la condesa.


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