JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Es cierto —repuso Juan, y aproximándose a la ventana gritó—: Corred, voto a Cribas: corred o llegaréis tarde. ¡Aprisa! ¡Aprisa!, que al menos conozcamos quién es nuestro bienhechor.
Los lacayos, batidores y demás criados corrieron al oÃr esta voz; pero ya no era tiempo. Un elegante coche forrado de seda blanca y tirado por dos magnÃficos caballos, habÃase detenido delante de la puerta: empero ni el más leve rastro de cocheros ni lacayos pudo indicar su procedencia; pues sólo un mozo de cordel sujetaba los caballos por la brida.
Seis libras habÃa este recibido del que los habÃa conducido, quien se marchó presuroso hacia la plaza de las Fuentes.
Se examinaron las portezuelas; pero una mano diestra habÃa hábilmente sustituido las armas con una rosa.
Juan dispuso que introdujesen el carruaje en el patio, y cerrando la puerta recogió la llave, subiendo enseguida al gabinete del tocador, donde el peluquero se disponÃa a dar a la condesa las primeras pruebas de su ciencia.
—Amigo —dijo cogiendo del brazo a Leonardo—, si no consentÃs en nombrarnos a nuestro genio protector, si no queréis hacerle objeto de nuestra eterna gratitud, juro…