JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Tres cuartos de hora después dio el peluquero por terminadas sus funciones, saliendo la favorita de sus hábiles enanos, más hechicera que la diosa Afrodita; pues sin ser menos bella, estaba más honestamente vestida.
Tan pronto como el peluquero dio la última mano a aquel espléndido edificio, y probó su solidez, y se le proporcionó agua para lavarse las manos, dando humildemente las gracias a Chon, que enajenada de gozo le servÃa como a un monarca, solicitó permiso para retirarse.
—Despacio, despacio —dijo Du Barry—, sabréis que soy tan testarudo para estimar como para aborrecer; conque ahora, amigo mÃo, espero me diréis quién sois.
—No lo ignoráis, señor vizconde: soy un joven principiante, deseo acreditarme, y me llamo Leonardo.
—¡Qué principiante, cáspita!, ¡sois maestro consumado!
—Vos seréis mi peluquero, señor Leonardo —dijo la condesa contemplándose en un espejito de mano—, y os pagaré cincuenta luises cada peinado de ceremonia. Chon, cuenta cien luises y entrégaselos al señor. Por ser el primer peinado os doy el doble: vayan los cincuenta en testimonio de mi gratitud.
—DecÃa yo bien, señora, que harÃais mi reputación.
—Pero no peinaréis a nadie más que a mÃ.