JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Quedaos, pues, con los cien luises; quiero libertad, que es el primer bien del hombre, y a ella debo haber tenido el honor de peinaros hoy.
—Un filósofo peluquero —exclamó Du Barry alzando las manos al cielo—, ¡adónde vamos a parar, Dios mÃo! Ea, amigo Leonardo, no pretendo enemistarme con vos: tomad esos cien luises, y conservad vuestro secreto y vuestra libertad. Al coche, condesa, al coche.
DirigÃanse aquellas palabras a madame de Béarn que estaba tan erguida y ataviada como una virgen en andas: habÃanla sacado de su gabinete precisamente en el instante de servirse de ella.
—Vamos a ver —dijo el vizconde—, que cojan entre cuatro a la señora y la conduzcan despacito hasta el pie de la escalera. Como dé un solo suspiro os desuello vivos.
Mientras que Juan, ayudado de Chon, vigilaba esta interesante maniobra, la favorita buscaba con la vista a Leonardo; pero este habÃa desaparecido.
—¿Por dónde se fue? —preguntó la Du Barry, apenas recobrada de las diferentes sensaciones que acababan de agitarla.