JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Y siendo tan complicadas las de Egmont y Richelieu, fue seguramente más breve pintar una rosa que un escudo. Observo, duque, que sois hombre de un mérito inapreciable.
Al decir esto, la condesa abandonó sus manos al antiguo cortesano, quien las aproximó a sus labios, cubriéndolas de besos.
Mas de repente sintió este que la favorita se estremecÃa, alzó su rostro y mirando en torno suyo:
—¿Qué hay, condesa? —preguntó con inquietud.
—¡Ay, duque…! —exclamó esta con vista azorada.
—¿Y bien?
—¿Quién es aquel hombre que se encuentra al lado de M. de Guemenée?
—¿Con uniforme prusiano?
—SÃ.
—¿De tez morena, negros ojos, expresiva fisonomÃa? Será tal vez algún jefe superior que el rey de Prusia habrá enviado para que asista a vuestra presentación.
—No debéis reÃros, duque, conozco yo a ese hombre: hace tres o cuatro años que estuvo en Francia, y es el mismo a quien he buscado con gran empeño sin haber podido jamás encontrarlo.