JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —El conde de Fénix, y estáis equivocada, condesa, pues sólo hace uno o dos dÃas que llegó.
—¿No advertÃs cómo me mira, duque?
—¿Quién habrá que deje de miraros, señora?, ¡sois tan hermosa…!
—¡Me está saludando!, ¡me está saludando!, ¿le habéis visto?
—¿Qué extraño es? Todo el mundo os saludará.
No obstante, la condesa, absorta en su extraordinaria meditación, no escuchaba ya las galanterÃas del duque, y con la vista clavada en aquel hombre que habÃa cautivado toda su atención, se apartó casi a pesar suyo de su interlocutor para dar algunos pasos hacia el desconocido.
Observó el rey aquel movimiento, y cumpliendo con la cortesÃa, se acercó sonriendo para felicitarla, pues la preocupación de la favorita era extraordinaria para que sus ideas pudiesen en aquel momento distraerse hacia otro objeto.
—¿Quién es —preguntó— aquel oficial prusiano que vuelve la espalda a M. de Guemenée?
—¿El que nos mira ahora?
—SÃ, sÃ, aquel.
—Un enviado de mi primo de Prusia… algún filósofo como él. Le he traÃdo esta noche deseando que la filosofÃa prusiana consagre por medio de su embajador el nombre de Cotillón III.