JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Inclinóse este, como todos, al pasar el rey; pero aun cuando saludara, su frente mantuvo cierta expresión de altanerÃa y casi de amenaza. Asà que Luis XV desapareció, se abrió camino por entre los grupos, y se detuvo a dos pasos de la favorita. Esta, guiada por su parte de su invencible curiosidad, avanzó también un paso, de modo que, al inclinarse, pudo el desconocido decirla en voz baja y sin que nadie se apercibiese:
—¿Me habéis conocido, condesa?
—SÃ, señor, conozco al profeta de la plaza de Luis XV.
Entonces centelleó el desconocido su clara y enérgica mirada en la favorita, y agregó:
—Ya podéis ver que no mentà cuando os pronostiqué que serÃais reina de Francia.
—Verdad es, señor; ya que se cumplieron vuestras promesas, y aquà me tenéis dispuesta a cumplir como debo mi palabra. Hablad: ¿qué deseáis?
—No es a propósito este sitio: y además, aún no es tiempo de haceros presente mi demanda.
—Podéis hacerlo cuando os acomode, y siempre estaré dispuesta a cumplirla.
—¿Prometéis no negarme la entrada, cualquiera que sea la hora y el tiempo en que necesite hablaros?
—Lo prometo.
—Gracias.