JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Seguramente, señor.
—Bien, condesa, si asà lo deseáis…
Y acercándose al mariscal, a quien no se habÃa escapado ni un movimiento siquiera de los labios de la favorita, le dijo:
—Supongo, querido duque, que madame de Egmont estará restablecida para mañana.
—Asà lo creo, señor, para esta noche misma si Vuestra Majestad lo desea —respondió Richelieu con una reverencia en señal de respeto y gratitud.
Aproximóse enseguida Luis XV a la favorita y la dijo algunas palabras al oÃdo.
—Señor —repuso esta inclinándose con adorable sonrisa—, soy vuestra humilde vasalla.
Saludó el rey a toda su comitiva y retiróse a sus habitaciones.
Aún no habÃa cruzado el umbral del salón, cuando la condesa, cada vez más asustada, fijó nuevamente sus ojos en aquel hombre extraño que tan fuertemente la preocupaba.