JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico La ciudad de Compiègne despertó alborotada a la mañana siguiente, o por mejor decir, no durmió aquella noche.
Había preparado ya desde el día anterior los alojamientos el aposentador de la real casa, y mientras que los oficiales reconocían el terreno, los notables, de acuerdo con el intendente, disponían lo necesario para que los habitantes recibiesen el grande honor que les estaba reservado.
El municipio se ocupó en construir los arcos de triunfo y preparar una recepción extraordinaria. Todo se dispuso maravillosamente.
Había llegado el príncipe Luis Augusto de incógnito a la población a las once de la noche anterior, acompañado de sus dos hermanos. Cuando amaneció montó a caballo, y seguido de los condes de Provence y Artois, uno de los cuales tenía quince años y trece el otro, salió a galope hacia Ribercourt, siguiendo el camino por donde debía llegar la princesa.
Preciso es confesar que la idea galante no le había ocurrido al príncipe, sino a su ayo M. Lavauguyon que, llamado la víspera por el rey, había aceptado el encargo de instruir a su augusto alumno en todos los deberes que le imponían las veinticuatro horas que iban a transcurrir.