JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Con el objeto de mantener en todo su punto el honor de la monarquía, había el ayo determinado que el duque de Berry imitase el ejemplo de los reyes sus antepasados, Enrique IV, Luis XIII, Luis XIV y Luis XV, los cuales habían querido contemplar por sí mismos y sin la ilusión del adorno, a sus futuras esposas, menos preparadas en medio de un camino a sostener la inspección de un esposo.

Al ligero galope de los caballos caminaron tres o cuatro leguas. Luis Augusto marchaba serio, y sus dos hermanos risueños. Regresaron a la ciudad a las ocho y media; el príncipe tan serio como había salido, M. de Provence taciturno, y sólo el conde de Artois más alegre que lo estuvo por la mañana. Provenía este contraste de que el duque de Berry se hallaba inquieto, el conde de Provence envidioso, y el de Artois muy alegre de una misma cosa, a saber: de la extremada hermosura de María Antonieta.

El semblante de cada uno de los príncipes, manifestaba su carácter respectivo; grave, envidioso e indiferente.

Las diez daban en el reloj de la casa del ayuntamiento de Compiègne, cuando vio enarbolar el vigía, sobre el campanario de la aldea de Claives, una bandera blanca, que era la señal convenida para cuando se divisase a la princesa.


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