JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Gilberto no esperó contestación del mayordomo: empujó bruscamente al sastre, y por ningún precio consintió en prestarse al resto de la ceremonia. Aunque no conocÃa a Sganarelle, el nombre, y sobre todo, las estrepitosas carcajadas de la doncella, le daban a entender que debÃa ser algún personaje eminentemente ridÃculo.
—¡Basta! —dijo M. Grange—, no le violentéis; ya debéis estar suficientemente enterado.
—Ya lo creo —replicó el sastre—, además, que esa clase de trajes no importa que sean anchos. Lo haré bien holgado.
Retiráronse Silvia, el mayordomo y el sastre, dejando a Gilberto solo con el negrito que seguÃa mascando sus pastillas y enseñando sus dientes blancos.
Todo eran enigmas para el provinciano, y sobre todo, ¡cuántos temores y angustias para el filósofo que veÃa o creÃa ver su dignidad de hombre más gravemente comprometida en Luciennes que en Taverney!
Con todo, decidióse a hablar a Zamora, pues se le habÃa ocurrido la idea de que tal vez serÃa algún prÃncipe indio como los que habÃa visto en las novelas de Crébillon, hijo.