JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Mas el príncipe indio, en vez de responderle, dirigióse a un espejo, miró su magnífico traje con tanta alegría como una novia contempla el que destina para su boda, y colocando las piernas enseguida sobre una silla de ruedas que puso en movimiento con los pies, dio algunas vueltas por la antecámara con una velocidad que demostraba el estudio profundo que había hecho de aquel ingenioso ejercicio.

De pronto sonó una campanilla, y el negrillo, interrumpiendo al punto sus evoluciones, se dirigió con precipitación por una de las puertas de la antecámara en la dirección del argentino timbre.

Esta rapidez en obedecer aquel llamamiento, acabó de persuadir a Gilberto de que Zamora no era príncipe, como había llegado a figurarse al principio.

De pronto le ocurrió la idea de salir por la misma puerta que el negro; mas al extremo del corredor que daba a un salón, vio tantos cordones azules y encarnados, y tan numerosa cuadrilla de lacayos insolentes y descarados, que tembloroso y con la frente bañada en sudor, se retiró otra vez a su antecámara.

Transcurrió una hora sin que ni Zamora ni la doncella regresasen: con toda su alma deseaba Gilberto ver un rostro cualquiera, aun cuando fuese el del horrible sastre que debía ser ejecutor del chasco que le amenazaba.


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