JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Vamos, marchaos con Zamora —dijo Chon con severidad—: No os pesará; la cocina es buena, mas procurad no ser ingrato, porque os enseñaría a ser agradecido.

Gilberto bajó la cabeza, que era su movimiento acostumbrado, cuando en vez de contestar, acababa de decidirse a obrar.

El mismo lacayo que acompañó a Gilberto le estaba esperando a la salida y le condujo a un comedor contiguo a la antecámara. Zamora estaba a la mesa.

Gilberto se dirigió a sentarse cerca de él; pero no se consiguió que comiera.

Marchó a las tres a París madame Du Barry, y Chon, que se había de incorporar después a ella, dio orden para que domesticasen a su oso. Muchas golosinas si ponía buena cara; grandes amenazas seguidas de una hora de calabozo, si se declaraba en rebeldía.

Serían las cuatro cuando entraron el traje completo del Médico a palos. Sombrero puntiagudo, peluca, casaca negra y saco del mismo color. Tampoco faltaba el cuello almidonado, la varilla y el libro.

El lacayo que trajo el disfraz enseñó a Gilberto cada uno de esos objetos, sin que manifestase la menor intención de resistirse.


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