JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Detrás del criado entró M. Grange para enseñarle el uso de las diferentes partes del traje, y nuestro joven oyó con la mayor paciencia la manifestación del mayordomo.
—Creo —dijo Gilberto— que los médicos llevaban en otro tiempo un tintero y un rollo de papel.
—Verdad —contestó M. Grange—, traed un tintero largo para que se lo cuelgue a la cintura.
—Con papel y pluma —gritó Gilberto—, deseo que el traje esté completo.
El criado salió presuroso a ejecutar esta orden, debiendo al mismo tiempo enterar a la señorita Chon de la condescendencia del joven filósofo.
Tanto se alegró aquella, que entregó al mensajero una bolsita con ocho escudos, la cual debÃa colgarse, con el tintero, de la cintura del médico modelo.
—Gracias —dijo Gilberto—, ahora suplico que se me deje solo para vestirme.
—SÃ; pero terminad pronto —repuso M. Grange—, a fin de que la señorita pueda veros antes de marchar a ParÃs.
—No necesito más que media hora —contestó Gilberto.
—Si lo necesitáis, tres cuartos de hora, señor doctor —dijo el mayordomo cerrando con tanta precaución la puerta de Gilberto, cual si fuese la de su caja.