JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Gilberto redobló el paso, y aunque deseara salir al camino real, le era absolutamente imposible, pues había perdido todo medio de orientarse. En los bosques circunvecinos de Taverney, conocía el Oriente y el Occidente, siendo para él cada rayo de sol un indicio seguro de hora y de camino. Durante la noche, cada estrella, por desconocida que le fuese bajo su nombre de Venus, Saturno, o Lucifer, le guiaba; pero en medio de aquel mundo nuevo, no conocía ya ni las cosas ni los hombres, y era preciso, no obstante, hallar en medio de unos y otros su camino a tientas, y entregado a los azares de la suerte.
—Por fortuna —murmuró entre sí—, he visto pilares que indican a qué parte se dirigen los caminos.
Encaminóse hacia la encrucijada donde había visto aquellos pilares indicadores.
Tres eran: el uno conducía a Marais-Jaune, el otro al campo de la Alondra, y el tercero al Trou-Salé.
Corrió tres horas, sin encontrar la salida del bosque, y sin avanzar terreno.
El sudor bañaba su frente: veinte veces había trepado por los castaños colosales; pero al llegar a la cima, no había podido descubrir más que a Versalles, unas veces a la derecha y a otras a la izquierda: Versalles, hacía el cual parecía que la fatalidad le atraía constantemente.