JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Entonces veía siempre a su lado alguna perdiz atraída por el reclamo, algún faisán muerto al detenerse en las ramas de algún árbol, mientras que ahora sólo veía su sombrero, bastante maltratado por el camino y por la humedad de la mañana.

No era un sueño, como creyera al despertar; Versalles y Luciennes eran una realidad, desde su triunfante entrada en la una, hasta su precipitada fuga de la otra.

Lo que más le llevó a la verdad, fue un hambre que crecía por momentos, haciéndose, por consiguiente, cada vez más aguda e insoportable.

Entonces buscó instintivamente a su alrededor las sabrosas moras, las ciruelas silvestres, y las jugosas raíces de sus florestas, cuyo gusto, no por ser más áspero que el de los rábanos, es menos agradable a los trabajadores, que con la azada al hombro salen por las mañanas a buscar el sitio del desmonte.

—Vaya, vaya, iré derecho a París, pues sólo debo estar a distancia de cuatro leguas; en dos horas andaré el camino. ¿Qué importan dos horas de sufrimiento, cuando está uno seguro de no sufrir después? Todo el mundo tiene pan en París, y al ver a un joven honrado, el primer artesano que encuentre no me le negará a cambio de trabajo. En París se encuentra en un día la comida del siguiente: ¿qué más necesito? Es evidente que nada, con tal que cada día me engrandezca, me eleve y me aproxime… al objeto que me he propuesto alcanzar.


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