JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Eran ya esos instantes del dÃa en que el silencio desciende más dulce y profundo del cielo que comienza a oscurecerse, esa hora en que, cerrándose las flores, ocultan al insecto dormido en su cáliz.
De pronto, lejos de afligirse, una inmensa alegrÃa arrebató su alma. Aspiraba a torrentes el aire libre y puro, conociendo que en esta ocasión habÃa también estoicamente triunfado de los lazos tendidos a las flaquezas humanas. ¿Qué le importaba carecer de pan, dinero y asilo? ¿No disponÃa absolutamente de su querida libertad?
Al pie de un gigantesco castaño que le ofrecÃa un blando lecho entre dos brazos de raÃces cubiertas de musgo, se tendió contemplando al cielo que le sonreÃa: quedóse profundamente dormido.
Las aves le despertaron al amanecer, e incorporándose sobre el codo, lastimado por el contacto del árbol duro, admiró el crepúsculo azulado que con dudosa claridad alumbraba.
El filósofo sintió hambre, pues el lector recordará que no habÃa querido comer la vÃspera con Zamora, de modo que desde su almuerzo de Versalles, no habÃa vuelto a probar bocado. Creyóse encontrar bajo las sombrÃas arboledas de Taverney, o en los bosques de Pierrefitte, despertando después de un acecho nocturno, emprendido para Andrea.