JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Vamos, vamos —dijo mirando en torno suyo—; fuera la vergüenza. Es imposible que no encuentre algún trabajador de esos que llevan un gran pedazo de pan bajo el brazo. Le diré: «todos somos hermanos, y por consiguiente debemos mutuamente auxiliarnos. Tenéis más pan del necesario, no solamente para vuestro desayuno, sino para todo el dÃa, mientras que yo me muero de hambre»; y me dará entonces la mitad de su pan.
El hambre crecÃa con las filosóficas reflexiones de Gilberto.
—En verdad —añadÃa—, ¿no es todo común al hombre sobre la tierra? Dios, ese manantial eterno de todo lo criado, ¿ha dado acaso a este o aquel el aire que fecunda la tierra, o la tierra que fecunda los frutos? No; pero existen muchos que han usurpado; aunque a los ojos del Señor, como a los del filósofo, nadie posee, y el que tiene no es más que aquel a quien Dios ha prestado.
Y reasumÃa Gilberto con una inteligencia natural, esas ideas, vagas e indecisas en aquel tiempo, que los hombres sentÃan fluctuar en el aire y pasar por encima de su cabeza, como esas nubes que empujadas hacia un solo punto, se amontonan y acaban por formar la tempestad.