JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Hay hombres —continuaba el joven— que se apoderan injustamente de lo que es de otros, y hay derecho para arrancarles por fuerza lo que no pueden poseer solos, y sobre lo que no tienen más derecho que el de participación. Si mi hermano posee demasiado pan para sí, y me niega un pedazo, yo… yo se lo arrancaré a la fuerza, imitando en esto la ley animal, fuente de todo buen sentido y de toda igualdad; puesto que deriva de toda necesidad natural: a no ser que mi hermano me manifieste: «esta parte que reclamas, es la de mi mujer e hijos»; o bien: «yo soy el más fuerte y comeré este pan a pesar tuyo».

El joven hallábase en esta disposición de lobo hambriento, cuando dio vista a un llano cuyo centro ocupaba una laguna rodeada de espaldañas y juncos.

Daban entrada a esta especie de encrucijada seis alamedas; dos de las cuales parecían subir hasta el sol, que doraba la copa de los árboles lejanos, mientras que las otras cuatro, divergentes como los rayos de una estrella, se perdían en las profundidades azuladas de la selva. Aquella sala ataviada por la Naturaleza, en la que se introdujera Gilberto por una de las sombrías alamedas, parecía más fresca y más florida que ningún otro sitio del bosque.


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