JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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El primer objeto que divisó, cuando después de haber abarcado con una sola ojeada el horizonte, dirigió más atentamente su vista en torno suyo, fue al borde de un profundo foso, el tronco de un árbol derribado, sobre el cual encontrábase sentado un hombre de peluca gris, y con fisonomía dulce y expresiva. Su traje se componía de casaca de paño basto y oscuro, calzones de igual color, y chaleco de piqué blanco; las medias, de algodón gris, ocultaban una pierna bien formada, y sus zapatos de hebilla, llenos de polvo todavía, estaban mojados por la punta del rocío de la mañana.

Este hombre tenía a su lado una caja verde, abierta y llena de plantas recientemente cogidas. Podía verse entre sus rodillas un bastón de acebo, cuyo redondo puño brillaba en la sombra, y que remataba en una pala de dos pulgadas de ancho sobre tres de largo.

Gilberto abarcó de una sola ojeada los detalles que hemos presentado; pero lo que vio enseguida fue un pedazo de pan, que el anciano dividía en pequeñas fracciones para comerlas, partiéndolas fraternalmente con los pinzones y verderones que observaban desde lejos la codiciada presa, lanzándose sobre ella tan luego le era entregada, y alejándose rápidamente hacia el interior de la floresta.

—Ea, ya conseguí lo que buscaba —dijo Gilberto separando las ramas, y dando cuatro pasos hacia el solitario, que salió al cabo de su meditación.


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