JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Aproximóse Gilberto, muy decidido, y al abrir la boca para hablar no se atrevió a pronunciar ni una sola palabra. Flaqueaba su ánimo, pues se figuraba que iba a pedir una limosna, y no a reclamar un derecho.
El anciano vio la timidez del joven, y le pareció infundir a este más ánimo.
—¿Deseabais hablarme, amigo? —preguntó sonriendo y dejando el pan sobre la hierba.
—SÃ, señor —contestó Gilberto—. Os he visto echar pan a los pájaros, como si Dios no los alimentase.
—Cierto es, joven —replicó el desconocido—; pero se vale de la mano del hombre como de un medio para realizar este fin. Si tratáis de reconvenirme, no tenéis razón, porque nunca se desperdicia el pan, ya sea arrojado en un bosque desierto, ya en una calle poblada; allà se lo llevan las aves, aquà lo recogen los pobres.
—Pues bien, aunque nos hallamos ahora en un bosque —replicó el joven notablemente conmovido al oÃr la voz dulce y penetrante del anciano—, sé de un hombre que disputarÃa ese pan a los pájaros.
—¿Acaso seréis vos, amiguito? —preguntó el desconocido—: ¿Tenéis hambre?
—Mucha, os lo aseguro, y si me lo permitÃs…