JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —SÃ, asà con todos los nobles —replicó sonriendo el anciano—, en vez de enseñar a sus hijos los oficios que sirven para vivir, los dedican al que sirve para matar: mas venga luego una revolución y tendrán que ir desterrados y pedir limosna en el extranjero, o enajenar su espada, que es peor todavÃa. Pero vos, que no sois hijo de noble, tendréis alguna profesión.
—Os he dicho que nada sé y os confesaré además que siento un horror invencible a toda profesión que exija del cuerpo movimientos fuertes y brutales.
—¿Qué? —exclamó el desconocido—, ¿sois perezoso?
—No, señor, no lo soy: en vez de ocuparme en trabajos corporales dadme libros, encerradme en un gabinete recogido, y veréis si no paso dÃas y noches enteras dedicado al trabajo que tengo afición.
Examinó el botánico las manos suaves y blancas del joven filósofo.
—Ya esa es una predisposición —murmuró—, un instinto.
—AntipatÃas de esa clase han ocasionado a veces excelentes resultados; pero es preciso que sean bien dirigidas. Por último —añadió—, si no habéis estado en ningún colegio, habréis asistido a lo menos a la escuela.
Gilberto movió la cabeza.
—¿Sabéis leer y escribir?