JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Pudo mi madre enseñarme a leer antes de morir: ¡pobre madre! Cuando me veÃa tan delicado de cuerpo decÃa: «este jamás será buen jornalero: es preciso que sea cura o sabio». Asà que advertÃa en mà alguna repugnancia a escuchar sus lecciones decÃa: «Gilberto, aprende a leer, y no cortarás leña, ni guiarás el arado, ni picarás piedras»; y yo me esmeraba más entonces, y aprendÃa. Por desgracia murió, cuando sabÃa yo leer apenas todavÃa.
—¿Y quién os enseñó a escribir?
—Yo solo.
—¿Vos?
—SÃ, señor, con un palo de punta aguda, y arena que pasaba al tamiz para que fuese mucho más fina. Estuve dos años haciendo letras de imprenta, copiadas de un libro, ignorando que hubiese otros caracteres que los que yo habÃa logrado imitar con bastante perfección. Pero un dÃa, habiéndose marchado la señorita Andrea al convento, y haciendo ya tiempo que carecÃamos de noticias suyas, trajeron una carta para su padre. Vi entonces que habÃa otra clase de letra que la de imprenta, M. de Taverney abrió la carta, y tiró el sobre; lo recogÃ, lo guardé, y cuando volvió el cartero, le rogué me lo leyese; estaba concebido en estos términos:
«Al señor barón de Taverney Casa-Roja, en su castillo por Pierrefitte».