JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Sobre cada letra puse la correspondiente de imprenta y vi que, excepto seis, estaban comprendidas en estos dos renglones todas las del alfabeto. Imité entonces las escritas por la señorita Andrea, y a los ocho días había copiado aquel sobre, seguramente diez mil veces, y sabía ya escribir. Lo hago, pues, regularmente, y tal vez mejor que era de esperar. Ya veis que no son infundadas mis esperanzas, ya que sé leer y escribir, ya que he leído cuanto ha llegado a mis manos, y ya que he meditado sobre todo cuanto he leído. ¿Por qué causa no he de encontrar un hombre que necesite de mi pluma, un ciego que necesite de mis ojos, o un mudo que necesite de mi lengua?

—¿Os olvidáis de que entonces tendréis amo, y que no queréis admitir ninguno? Un secretario o un lector, son criados de segundo orden ni más ni menos.

—Es cierto —murmuró el joven palideciendo—; pero no importa: yo he de lograr lo que me he propuesto. Arrancaré piedras de las calles, acarrearé agua, si es necesario, y conseguiré mi objeto, o moriré en la demanda, pues de este modo habré también vencido.

—Vaya, vaya —exclamó el desconocido—, veo que estáis lleno de buena voluntad, y que no carecéis de valor.

—Vos mismo —dijo Gilberto—, vos mismo, que me tratáis tan bondadosamente, ¿no desempeñáis también una profesión? Vais vestido como un artista.


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