JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —En efecto, tengo una profesión —respondió con dulce y melancólica sonrisa el desconocido—, porque todo hombre está obligado a tenerla, pero es completamente ajena al comercio. Ningún hacendado herborizarÃa.
—Y vos, ¿lo hacéis por oficio?
—Casi casi.
—¡De modo que sois pobre!
—SÃ.
—Los que dan son los pobres, porque la pobreza los hace benéficos; y un buen consejo, vale más que un luis de oro. Dadme, pues, un consejo.
—Tal vez haré más.
—Me lo figuré —repuso Gilberto sonriendo.
—¿Cuánto creéis que necesitáis para manteneros?
—¡Oh!, poquÃsimo.
—¿No conocéis a ParÃs?
—Ayer le vi por primera vez desde las alturas de Luciennes.
—Entonces no sabéis que cuesta mucho vivir en la gran ciudad.
—¿Cuánto?… ponedme alguna proporción.
—Voy a satisfaceros con mucho gusto. Lo que vale un sueldo, por ejemplo, en provincia, cuesta tres en ParÃs.