JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Pues bien —dijo Gilberto—, y en la suposición de que tenga un albergue bueno o malo donde reposar, necesito para la vida material unos seis sueldos diarios.
—Está bien, amigo mÃo —exclamó el anciano—. Asà me agrada el hombre; venid conmigo a ParÃs, y os proporcionaré una profesión independiente, con cuyo auxilio podréis vivir.
—¡Tanta bondad…! —exclamó el joven ebrio de alegrÃa.
Y conteniéndose repentinamente añadió:
—Entiéndase que habré de trabajar efectivamente, que no es una limosna.
—Descuidad: no soy tan rico que pueda dar limosna, ni tan imprudente que la dé sin saber a quién.
—Bien —dijo Gilberto a quien esta salida misantrópica infundió más confianza en vez de ofenderle—. Asà me agrada que me hablen. Me decido a aceptar vuestra oferta, y os la agradezco.
—¿Conque vendréis a ParÃs conmigo?
—SÃ, señor, si os place.
—Asà debéis creerlo, puesto que os lo propongo.
—¿A qué me obligo para con vos?