JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Cómo!, son las ocho —exclamó—. ¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo!, venid pronto, joven, venid —añadió apresurando el paso.
—¡Ah! —continuó después de algunos instantes de un silencio tan frÃo que ya empezaba a inquietar a Gilberto, olvidé deciros que soy casado.
—¿Cómo?
—SÃ, y que mi mujer, como verdadera parisiense, reñirá, tal vez, porque regresamos tarde, y os prevengo, además, que desconfÃa de los forasteros.
—Si queréis que me vaya —dijo Gilberto, cuya expansión heló de repente aquella palabra.
—No por cierto, amigo mÃo, os he invitado a venir a mi casa, y espero que asà lo haréis.
—Ya os sigo —repuso el joven.
—A la derecha… por aquÃ… ya entramos en la calle. Gilberto alzó los ojos, y a la luz de los últimos rayos del dÃa, leyó en el ángulo de la plaza, a un lado de una tienda de comestibles, este rótulo: —Calle Plastrière.
El anciano aceleró el paso, y cuanto más se aproximaba a su casa, más redoblaba la agitación febril que hemos indicado. Gilberto, que procuraba no perderle de vista, tropezaba a cada momento, ya con los transeúntes, ya con los fardos de los mozos, ya con las lanzas de los coches o con las varas de las carretas.