JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Todo esto os parece horroroso, ¿no es cierto? —dijo el anciano—; pues es muy poco en comparación de lo que veréis más adelante. Cerdos y vacas demuestran riqueza, un niño manifiesta alegrÃa, y el fango… lo encontraréis siempre y en todas partes.
A Gilberto no le desagradaba ver a ParÃs bajo un punto de vista siniestro, y aceptó complacido el cuadro, tal como su compañero se lo presentaba.
Como el desconocido llevaba, al parecer, la meditación hasta rayar en inquietud, se atrevió a preguntar Gilberto:
—¿Está aún muy distante vuestra casa?
—Ya estamos cerca —contestó el botánico, cuya tristeza aumentó, al parecer, con esta pregunta.
—Al llegar a la calle del Home, pasaron por delante del opulento palacio de Soissons, que tenÃa vista y entrada principal a esta calle, pero cuyos hermosos jardines se extendÃan por los de Grenelle y de los Dos Escudos.
Gilberto miró atentamente a una iglesia, cerca de la cual pasaban, y se detuvo un momento para contemplarla.
—MagnÃfico monumento —dijo.
—Es San Eustaquio —dijo el anciano.
Y alzando la vista: